viernes, 2 de marzo de 2012

Cortarme el pelo en China, mi peor pesadilla

Si algún hombre lee este texto lo más seguro es que le resulte banal, superfluo o aburrido, pero estoy segura que las chicas sabrán entenderme mejor.

En México escuché a muchas féminas quejarse del corte que les habían hecho a pesar de haber dado santo y seña al estilista de cómo lo querían. Frases como “Qué parte no entendió”, “Mira cómo me dejo”, “Parece que me mordió un burro”, eran muy comunes.

Si dando todas las indicaciones posibles te cortan más de lo que pides, te tiñen de otro color, te ponen un look que no te queda, etcétera,  imaginen cómo es cuando tienes que hacerlo en otro idioma del que apenas masticas dos que tres palabras.

En dos años y medio que llevo viviendo en China, me he cortado el cabello cinco veces, cada una ha sido una verdadera aventura.

La primera vez recurrí a mi compañera de trabajo Rita Bai Yun Yi, que es una bala para el español, pero no entendió lo qué quería. Frases como “lo quiero en capas” eran difíciles de explicar. Así que recurrí a otras como “lo quiero degrafilado”, “como en cascada”, “unos cabellos más largos que otros”, pero era inútil.

Algo así quería, claro, no de rubia.
Foto tomada de Internet.

En la segunda ocasión pedí ayuda a otra colega, pero ocurrió exactamente lo mismo, no me entendía. Incluso me sugirió que cada vez que fuera a cortármelo llevara mejor una fotografía con el estilo deseado.

Cansada de tener que depender de mis compañeras y explicar algo que parecía inútil, un día entré a una estética con la esperanza de que alguien hablara un poco de inglés.

Llamaron al estilista que supuestamente sabía, pero lo más que pudo decirme fue “¡Hello!”, “Do you want to cut your hair?” y fue todo, de ahí nos las arreglamos a señas, con una foto que llevaba de un corte que me había gustado, y con las pocas palabras que sabía en chino. El resultado al final no fue tan malo, salvo el flequillo que quedó como mordido.

En aquella ocasión comencé a comprender algo que hoy confirmé, pero se los cuento más adelante.

En la cuarta ocasión, una compañera de trabajo de mi amiga brasileña Débora se ofreció como traductora. Sucedió lo mismo que con mis otras colegas, no nos entendía.

Débora le decía a su colega china: “diles que lo queremos en repicado (como le dicen en portugués a lo que en México llamamos “capas o degrafilado”), que unos cabellos queden más largos que otros, para que se vea volumen, movimiento”, le explicó.

Al final nuestros cortes no quedaron tan mal, aunque la  brasileña estaba encanijada porque no sabían como peinarnos. Querían hacernos como caireles. Cada vez más enojada, Débora sacó de su bolso su gran cepillo redondo y le arrebató al chino la secadora, comenzó a peinarse, estirando las puntas de su cabello hacia fuera.

Si para entonces ya éramos el foco de la atención, como sucede cada vez que un extranjero pisa un lugar en donde no es común su presencia, después de ver el cepillo gigante con el que Débora se peinaba y la forma cómo lo hacía, ya no pudimos quitarnos de encima las miradas curiosas, tanto de empleados como de clientes.

Desde aquella ocasión, me propuse aprender en chino cómo pedir que me cortaran el cabello y, efectivamente, lo he logrado. Me siento orgullosa de esto, pero frustrada porque de nada ha servido por una simple razón que tarde mucho en confirmar: no saben cortar el cabello como quiero, ni aunque les enseñe una foto o vaya acompañada de la mejor traductora.

Esto obedece a que las chinas tienen otro tipo de cabello y los estilistas han tenido que adaptarse a él. La mayoría de ellas lo tiene lacio, no necesitan de mucho peinar, sólo de cortar las puntas de vez en cuando y ya está.

Vean los mega flecos que les gustas a las chicas, les cubre toda la frente,
algunas a penas y alcanzan a ver. Foto: Gabriela Becerra


Además, son un poco conservadoras para cambiar de imagen, no les gusta teñir su cabello ni experimentar con los cortes, en ese sentido, los chicos son más atrevidos.
Este chico quiso experimentar con el azul
Foto: Gabriela Becerra, tomada en el metro de Beijing

Los chicos traen looks bien locochones, y muchos se tiñen el cabello.
Foto: Gabriela Becerra




Ellas prefieren traer el cabello parejo de las puntas y un flequillo que les cubre toda la frente, tapándoles ligeramente los ojos.

Es increíble la cantidad de chinas que traen este look
Foto: Gabriela Becerra, en el metro de Beijing


Tal vez la próxima foto que vean de mí sea con este corte de cabello
Foto: Gabriela Becerra

Hoy, cuando pedí al estilista un flequillo, que no era el estándar que traen las chinas, me preguntó que cómo le hacía para que me quedara como lo quería. ¡Qué diablos iba yo a saber! No soy estilista. Como dios le dio a entender, me lo cortó.

Al final, tuve también que quitarle el cepillo redondo y la secadora para peinarme, porque nada más no lográbamos entendernos. Como en las otras ocasiones, unos cuantos empleados me rodearon curiosos.

El resultado no fue tan malo, pero ahora caigo que mucho ha sido porque entre sus conocimientos y mi guía, a señas, con fotos o como sea, hemos llegado más o menos al objetivo deseado. He sido el conejillo de indias, el experimento de varios estilistas chinos.

China es tan diferente a todo lo que había conocido. Las cosas más sencillas son distintas. Cuesta trabajo adaptarse, cuesta trabajo entender que hay otras formas de hacer las cosas. A dos años y medio, este país y su gente no deja de sorprenderme, de hacerme reír, pero también rabiar de impotencia.


domingo, 19 de febrero de 2012

El Templo Zhenjue resiste a los embates históricos y al olvido

Como muchos sitios históricos y religiosos que hay en Beijing, el Templo Zhenjue, mejor conocido como el templo de las cinco pagodas, está escondido entre los edificios habitacionales del distrito de Haidian, como queriendo proteger sus tesoros de la  expansión voraz de la ciudad.

A lo lejos, apenas se alcanzan a ver las puntas de sus pagodas, como si quisieran llamar la atención del que por ahí camina, invitándolo a explorar sus grandes secretos.

El Templo Zhenjue está ubicado al norte del Zoológico de Beijing, en el Distrito Haidian.
Foto: Gabriela Becerra

A diferencia de otros, el Templo Zhenjue recibe pocas visitas de chinos y turistas. Y en él se respira un ambiente de tranquilidad y silencio, interrumpido de vez en cuando por el cantar de las aves.

El Templo Zhenjue posee un estilo budista propio de la India.
A los costados, dos viejos árboles y dos leones lo custodian.
Foto: Gabriela Becerra

Cuando uno cree que en Beijing no queda más por descubrir, o que todo se lo ha tragado el concreto y el asfalto, estos sitios históricos te toman por sorpresa porque su estilo es distinto al de otros que hay en la capital de China.

El templo de las cinco pagodas, construido en 1473, era una réplica del Templo Gaya que está en la India, pero fue saqueado y quemado en dos ocasiones por ejércitos enemigos. Después de su reconstrucción parcial y restauración, las puertas del recinto se abrieron nuevamente al público, aunque no es muy conocido.

A pesar de haber sufrido daños severos, los grabados que hay en sus muros externos se aferraron a permanecer en la historia y todavía se pueden ver con gran detalle.

Deidades budistas con rasgos de la India son parte de los grabados que
se observan en los cuatro muros del Templo Zhenjue.
Foto: Gabriela Becerra
La mayoría de los grabados están ricamente decorados.
Foto: Gabriela Becerra
Deidad con características del budismo de la India.
Foto: Gabriela Becerra

El ave fenix, símbolo de la cultura china junto con el dragón,
también está presente en la decoración del templo.
Foto: Gabriela Becerra



viernes, 23 de diciembre de 2011

Santa Claus desplaza a Cristo en la Navidad china

La Navidad es una de esas fechas que puedes llegar a amar u odiar, pero nunca ser indiferente. Es imposible mantenerse al margen de la avalancha comercial y publicitaria, del entusiasmo y la alegría de los amigos y familiares, de las fiestas de fin de año en la empresa, de los congestionamientos en las calles y en las tiendas, y de la lluvia de ofertas y promociones.

En China, las cosas no son distintas… Al menos en apariencia. 

En los almacenes existe una amplia sección donde se puede encontrar toda clase de artículos navideños. Foto: Gabriela Becerra


Ante la curiosidad de familiares y amigos que me han preguntado cómo se celebra, debo precisar en primer lugar que la Navidad no es un día festivo en China.

Esto se explica a que el cristianismo ha tenido poca presencia en la historia de estas tierras. Penetrar territorio chino nunca fue fácil. Los últimos emperadores veían al cristianismo como un arma que querían utilizar los países occidentales para invadirlos.

Más tarde, con la fundación de la República Popular China, en 1949, la nación se declaró “laica y atea”, y persiguió con dureza a todas las religiones durante la llamada Revolución Cultural.

Aunque actualmente se permite la práctica de cultos, el Vaticano y la Iglesia Católica Patriótica, apoyada por el Gobierno chino, viven una crisis en su relación desde hace décadas, porque el Partido Comunista quiere controlar cualquier ideología que pueda representarle un riesgo. Por eso, muchos católicos viven en la clandestinidad.

En los últimos años, los chinos han aumentado su consumo de "Navidad".
Foto: Gabriela Becerra


Hoy en día, unos 23 millones de chinos están bautizados, lo que representa sólo el 1.8 por ciento de la población. De ellos, 10 millones son católicos, según la Academia de Ciencias Sociales de China.

Desde que el país se abrió comercialmente al mundo con su política de Reforma y Apertura en los años ochenta, los grandes almacenes se han convertido en los nuevos “evangelizadores”. Son ellos quienes difunden la Navidad, sólo que en lugar de Jesucristo, han vendido entre los chinos la imagen de Papá Noel como el gran protagonista de la celebración.

Papá Noel, el rey de la Navidad en China. Foto: Gabriela Becerra

Árboles iluminados y rodeados de regalos; figuras de Santa Claus y los renos; villancicos en inglés o en mandarín, son algunos de los motivos que anuncian la llegada de la temporada, e invitan a consumir toda clase de productos con atractivos descuentos y ofertas.

Los centros comerciales invitan al consumo con sus ofertas y promociones. Foto: Gabriela Becerra
Lo curioso es que, a pesar de todo este bombardeo comercial, la mayoría de los chinos desconoce el verdadero sentido de la Navidad y lo asocian con las compras y regalos.

Los detalles navideños se empiezan a ver en las tiendas desde mediados de noviembre.
Foto: Gabriela Becerra. 

Incluso, algunos creen que el 25 de diciembre se celebra el nacimiento de Papá Noel, al que llaman “El viejo de la Navidad”, y cuelgan sus deseos, escritos en papelitos, en las ramas de los árboles tamaño gigante que se colocan en puntos comerciales.


Aunque estéticamente las navidades en China son similares a las de cualquier país cristiano, en el fondo existen diferencias. Por ejemplo, sus habitantes no acuden a las iglesias o templos (a menos que sean creyentes), no preparan una cena especial para compartir con la familia, desconocen los nacimientos (pesebres o belenes en otros países), las piñatas, las posadas, la figura del niño Jesús, o cualquier otro tipo de detalle o festejo católico.

Las nuevas generaciones, quienes son más receptivas a las costumbres que vienen del exterior, festejan la Navidad con los amigos o la pareja en el karaoke, en el cine, en bares o restaurantes occidentales.

Al ser un medio internacional, la Navidad también llegó a mi trabajo.
Foto: Gabriela Becerra
Motivos navideños en las instalaciones de Radio Internacional de China. Foto: Gabriela Becerra.


Eso sí, al igual que en los países donde se celebra esta fiesta, los chinos se entregan al consumo desenfrenado, impulsado por las grandes ofertas. En el sentido comercial, podemos decir que en China existe un ambiente navideño.

Foto: Gabriela Becerra

Lo irónico de todo esto es que en los hogares mexicanos, como en muchos otros del mundo donde celebran la Navidad, abundan artículos de esta temporada fabricados en China, donde ni siquiera conocen su verdadero sentido.


martes, 13 de diciembre de 2011

Beijing en la mirada de mi padre

Hace unas semanas mi padre estuvo en Beijing. Una visita que estaba pendiente desde hace un año y que al final se concretó el 31 de octubre.

Esta visita me hizo reflexionar sobre muchas cosas, porque mi padre, al igual que yo, nunca imaginó que algún día conocería un país tan lejano, y se sorprendería, como lo hice en su momento, de las diferencias culturales que existen entre este país y el nuestro.

Aunque casi se quedaba sin aire, mi viejo quiso llegar alto.
Foto: Raúl López Parra

Me gusta redescubrir Beijing a través de miradas frescas, porque viviendo la cotidianeidad se dejan ver cosas realmente interesantes que pasan en las calles, en el metro y en la sociedad en general.

Conocer China invariablemente produce un choque cultural muy fuerte por las profundas diferencias en el idioma, la religión, la forma de estructurar el pensamiento, de comunicar los sentimientos, de conducirse en la vida y actuar en sociedad.  

En la Ciudad Prohibida, donde gobernó el último emperador de China.
Foto: Lucila Ramírez

Cuesta trabajo concebir que los chinos coman sin tortilla, cuando para los mexicanos es una alimento infaltable en la mesa; que disfruten del arroz cocido; que sean tan parcos, “fríos” y hoscos en la amistad y en el amor; que te avienten y arrebaten las cosas; que miren a los extranjeros como si fueran extraterrestres, y que coman tan rápido con un par de palillos.

A mi padre y a Lucy, su esposa, no sólo les asombró esto, sino también que en Beijing las casas estén excluidas del modelo urbano, pues abundan los edificios con decenas de pequeños departamentos; que las calles y avenidas estén libres de baches y topes; que se pueda sacar dinero del cajero a cualquier hora sin el temor de ser asaltado; que tantas personas se transporten en bicicleta y lo hagan de tan distintas maneras.

Tren bala que corre de Beijing a la ciudad de Tianjin a 350 kilómetros por hora.
Foto: Lucila Ramírez

Les sorprendió también encontrar a gente tan delgada, y no sabían si los chinos estaban demasiado flacos o los mexicanos excesivamente gordos. Descubrieron que esa imagen del chino corto de estatura quedó en la historia, pues como su alimentación ha cambiado, ahora hay mujeres y hombres muy altos.

Qué choque cultural tan fuerte cuando mi familia descubrió que en China se sigue haciendo del baño de “aguilita”. Pero lo que más les impactó es que en algunos baños no hay divisiones entre las letrinas, así que en más de una vez tuvieron que compartir su intimidad.

En este tipo de baños se comparte todo. Hay decenas en la zona de los hutong.
Foto: Gabriela Becerra

Mi padre, que es un apasionado de los autos, quedó anonadado con la cantidad de BMW, Audi´s, Mercedes Benz y demás vehículos de lujo que circulan por las calles de la llamada “China socialista”, y que refleja las profundas diferencias que existen entre los nuevos ricos y algunos campesinos que viven con 10 mil yuanes al año (la tercera parte de lo que puede llegar a ganar en un mes el gerente de una empresa).

China sacude culturalmente a todos los que la visitan por primera vez. A mi familia le tocó ver cómo en este país se toma agua caliente, independientemente de si es verano o invierno; cómo se comparten los platillos que se ponen en la mesa; cómo los niños de entre uno y tres años andan con las pompitas al aire, listos para hacer pipi y popo, y en más de una ocasión se toparon con sabores nuevos para su paladar, pues nunca imaginaron que los postres fueran salados y picantes, y que los frijoles se comieran con azúcar.

A pesar de que los mexicanos tenemos el paladar bien entrenado con el picante y
la variedad de condimentos, la gastronomía china no deja de sorprender.
Foto: Gabriela Becerra


China también los hizo sentirse impotentes en la barrera del idioma, incluso de las señas, porque éstas también son distintas. Creo que en algunos momentos odiaron depender de mí para que les leyera el menú, preguntara dónde estaba el baño, regateara los precios y los defendiera de algunos abusos. No es que hable chino, sólo sé algunas palabras y frases, pero entre éstas y mi inglés puedo sobrevivir en el gigante país.

Este viaje a China va más allá de una simple reunión familiar. Para mí representa un logro generacional, porque mi padre, quien proviene de una familia humilde de 16 hijos y apenas tuvo la oportunidad de concluir la primaria me mostró, con su trabajo constante, el camino para llegar a donde me lo propusiera, y aunque nunca imaginé trabajar en este país, ahora mi vida se desarrolla en estas tierras.

Por eso este viaje me complace tanto, porque es la suma de dos esfuerzos generacionales. Necesitaba que mi padre cruzara el océano para compartir con él lo que he visto, comido, disfrutado y, en algunas ocasiones, padecido. Necesitaba hacerle saber que su esfuerzo no había sido en vano, que se traducía en haberme ofrecido más oportunidades, nuevos horizontes, y una mejor calidad de vida.

Invité a mis amigos a comer la famosa carne tártara que mi papá prepara. ¡Quedó bien buena!
Foto: Richard Amante

Pero también este viaje le sirvió a mi familia para descubrir que existen otras formas de mirar el mundo, de pensar, vivir y actuar, y para ser testigos de la transformación acelerada que está experimentando China, esa China en donde hace un siglo gobernaban los emperadores, y ahora, con una historia moderna tan reciente, se ha convertido en la segunda economía global.

En los tiempos de mi padre se hablaba del sueño americano. Ahora, el gigante asiático se ha convertido en la tierra de las oportunidades para muchos como yo.


En la Plaza Tiananmen, el corazón de Beijing. A nuestras espaldas la puerta principal de la Ciudad Prohibida con la foto del ex presidente Mao Zedong. Foto: Raúl Parra.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Redescubriendo Beijing. A hutonear.


Mi relación con Beijing andaba en la cuerda floja. Como en todos los vínculos amorosos, la monotonía empezaba a hacerse cada día más presente. 

Después de aquel inolvidable primer encuentro, cuando la capital de China me  sorprendió con sus copos de nieve, y del primer año y medio que transcurrió felizmente entre sus lugares históricos, las fiestas con los amigos, los viajes de trabajo y las horas de paz, mi relación con la urbe comenzó a desgastarse porque creí, arrogantemente, que no tenía más que mostrarme.

Así que antes de llegar a los reproches, los lamentos y peor aún, al divorcio, me propuse redescubrirla.

Todo comenzó la mañana soleada del pasado 6 de octubre. El reloj marcaba las nueve cuando me enfundé en unos pantalones de mezclilla, me puse unos zapatos cómodos y salí con mi Nikkon y muchas ganas de caminar.

En avenida Shijingshan le hice la parada al autobús 768 para ir a la Plaza Tiananmen, donde me bajé para tomar otro que me llevaría hasta la estación del metro Jishitan, justo donde iniciaría mi recorrido por los alrededores de los lagos Xihai, Houhai y Qianhai.

Como se muestra en el mapa, en los alrededores de los lagos Xihai y Houhai hay cientos de hutong. Foto: Gabriela Becerra

Si bien es cierto que cuando llegué a Beijing caminé entre sus hutong, nunca había destinado un día para contemplar las viviendas típicas que ahí se resguardan, las cuales lograron sobrevivir a una despiadada demolición y, posteriormente, a una feroz avalancha de edificios construidos en nombre de la modernidad.

En un paseo por los hutong se puede encontrar este tipo de fachadas. Foto: Gabriela Becerra

Los hutong, que comenzaron a construirse desde 1271, son barrios con calles muy estrechas que forman laberintos y en ellos se desarrolla un interesante estilo de vida, donde el tiempo parece transcurrir más lento que en otras partes de la ciudad, pues sus habitantes se dan un espacio para conversar, jugar cartas o ajedrez, y hasta armar un picnic.

La convivencia entre vecinos es parte de la vida cotidiana en los hutong. Foto: Gabriela Becerra


A diferencia del ruido y el estrés de las grandes avenidas de Beijing, en los hutong el tiempo parece transcurrir más lento.  Foto: Gabriela Becerra

El arraigado espíritu de vecindad tiene que ver con una cuestión arquitectónica, pues en los hutong existen construcciones típicas llamadas siheyuan, un conjunto de cuatro habitaciones distribuidas en cada punto cardinal que, por su alineación, forman un patio central donde coinciden las puertas.

Un siheyuan solía pertenecer a una sola familia o en cada habitación vivir una distinta. Y el patio central, donde en la mayoría de los casos sembraban árboles y flores, era el punto de reunión.

Los siheyuan me recuerdan mucho a las vecindades mexicanas, tanto por lo amontonadito de las casas como por la interacción entre sus habitantes.

Algunas fachadas son ricas en decoración, lo que revela también el nivel socioeconómico de la familia.Foto: Gabriela Becerra

La fachada Siheyuan tiene ciertas características.
A la entrada de las casas, por ejemplo, se colocan normalmente
dos leones en los costados, como una forma de proteger la morada.

Las puertas también lucen diferentes figuras de bronce. Foto: Gabriela Becerra

Con colores alegres se pintan flores, animales o paisajes en las fachadas. Foto: Gabriela Becerra


Los techos de los hutong son a dos aguas con tejas grises, las cuales rematan en una punta redonda decorada con flores o dragones. Foto: Gabriela Becerra

Pero lo más peculiar de los siheyuan es que no sólo compartían el patio, sino también el baño, el cual sigue siendo comunitario, incluso puede ser usado por los paseantes.

Sobre esto, quiero compartirles lo que me sucedió cuando caminaba por aquí. Después de dos botellas de agua tuve que entrar a uno de estos baños. Como en China casi no hay tazas sanitarias sino letrinas, me puse en cuclillas (postura que a dos años de estancia en este país aún me cuesta dominar)  Justo cuando estaba como "El tigre de Santa Julia” llegaron dos señoras y se sentaron en la misma posición frente a mí, y como no hay división ni puerta, pues literalmente compartimos todo: imágenes, olores y pujidos.  

Ni siquiera la presencia de un extranjero, que normalmente les causa curiosidad, las inquietó por un instante de su objetivo principal.

De este estilo son los sanitarios públicos que se encuentran en los hutong. Foto: Gabriela Becerra

Si bien es cierto que algunos hutong han sido restaurados y remodelados, incluso algunas de sus calles adaptadas para el turismo con restaurantes y comercios, todavía hay decenas con vida cotidiana, donde se escucha el griterío de los comerciantes y las campanitas de las bicicletas que van y vienen por montones, y cuando uno echa un vistazo al interior de los pequeños locales se encuentra con el zapatero, la vendedora de tallarines, y los jugadores de cartas disfrutando de una apasionada partida.

Los juegos de cartas, ajedrez chino y dominó, son de los favoritos. Foto: Gabriela Becerra

Los hutong que aún se conservan se encuentran principalmente en el centro de la ciudad.
Foto: Gabriela Becerra.


Este paseo lleno de sorpresas le ha dado un nuevo respiro a mi relación con Beijing, me recordó que no todo en ella son edificios que se esparcen como virus, tan altos que te impiden ver el horizonte o las montañas, sino que también hay lugares como estos que subsisten tímidamente para no ser tragados por el ritmo acelerado que caracteriza a las grandes urbes. 

sábado, 1 de octubre de 2011

Por cierto, ¿qué demonios hago en Beijing?

En el mensaje de bienvenida de mi blog les digo que hace más de un año recibí una invitación para trabajar en Radio Internacional de China, pero nunca les he hablado de mi trabajo y lo que hago.

A casi dos años de distancia, y aprovechando que el Departamento de Español, donde trabajo, recién cumplió 55 años de transmisiones en el idioma de Cervantes Saavedra, va siendo hora de presentarles a mis colegas chinos y extranjeros, con quienes día a día convivo, de quienes aprendo, pero también a quienes les comparto mi experiencia profesional, y con quienes a veces me enfrasco en un profundo mar de confusiones porque no entiendo lo que me quieren comunicar y no comprenden lo que les trato de explicar. 


Integrantes del Departamento de Español de Radio Internacional de China


De izquierda a derecha. Zhan Yaxi, Lulu, Yu Tong, Du Bei, Liu Sha, Su Jiao, Song Cheng, Sun Yu y yo.

En esa travesía que hacen las palabras para mudarse de un idioma al otro, en este caso del chino al español, pueden generarse tantas confusiones absurdas, preocupantes y hasta divertidas. 

Si en el ir y venir las palabras cambian de sentido y significado, como cuando juegas al teléfono descompuesto, corres el riesgo de terminar haciendo una cosa por otra o escribiendo una noticia diferente  si te agarran desprevenido o mal informado.

De todo esto quiero contarles, porque al trabajar en China he descubierto cosas realmente interesantes, no sólo sobre cómo manejan nuestro idioma los chinos y los constantes problemas de traducción y comprensión entre ellos y los extranjeros, sino todo lo que a través de mi vida laboral he aprendido sobre su forma de pensar, conducirse en el trabajo y concebir el mundo en general.

Claro que en esta ocasión no pretendo contarles toda mi experiencia laboral, lo haré por partes. Lo que sí quiero es compartirles un poco sobre el lugar donde trabajo.

Instalaciones centrales de Radio Internacional de China (CRI, por sus siglas en inglés)

Este edificio que ven en la foto se ha convertido en mi segunda casa. Ahí he pasado una tercera parte de los casi dos años que llevo viviendo en Beijing. Ahí tuve mi primera experiencia con la radio, pronuncié mis primeras palabras ante los micrófonos, tímidas y asustadizas, hice mis primeros videos, descubrí la dinámica del periodismo oficial y propagandístico de China, y hasta me festejaron un cumpleaños.

Radio Internacional de China es parecida a la sede de la Organización de las Naciones Unidas, no por las instalaciones ni porque seamos grandes personajes, sino por la diversidad de países de los cuales proceden los expertos extranjeros, como se nos llama. 

Hay periodistas de Sri Lanka, Argelia, India, Corea, Rusia, Bielorrusia, Turquía, y muchas otras naciones, pues la radio transmite en 56 idiomas, de ahí la riqueza de trabajar en este lugar.

Aunque cada quien habla inglés como dios le da a entender y con el marcado acento de su país, todos tratamos de entendernos o, por lo menos, darnos los buenos días cuando nos cruzamos en el elevador, la cafetería o el comedor.

En unos días, la emisora cumplirá  70 años. En sus inicios se llamaba Radio Pekín y transmitía sólo por onda corta. Actualmente, lo hace también contratando tiempo en algunas emisoras de AM y FM de diferentes países, como México, a donde llegamos con la programación en español a través de la emisora local Radio Hispana, cuya señal llega a Tijuana y San Diego, California.

Y bueno, como les dije al principio, el jueves pasado festejamos 55 años desde que el Departamento de Español emitiera por primera vez su señal de onda corta a España, y más tarde a toda América Latina.

Con motivo del 55 Aniversario del Departamento de Español se realizó una ceremonia para lanzar el servicio CRI Online por celular en español y francés, así como un seminario.

Así es a grandes rasgos mi trabajo, el cual me ha permitido conocer parte de esta China que en los últimos años el mundo ha volteado a mirar, de la cual todos quieren saber.