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martes, 22 de mayo de 2012

Zoológico de Beijing... en el descuido. Ni el oso panda se salva

Fin de semana. Busco en Internet lo que me falta hacer en Beijing. En eso estoy cuando recuerdo que el zoológico es uno de mis pendientes. Aunque no me convence mucho la idea, no quiero irme de esta ciudad sin haber agotado todas las ofertas turísticas, todos los rincones posibles.

Cámara en mano, dinero en la bolsa y dos buenos acompañantes es suficiente para pasar un buen día, a pesar de que una densa nata de contaminación le ha robado el color a las cosas, dándole un aspecto fúnebre la ciudad.

Una vez en el zoológico, decidimos visitar primero a los osos panda. Son los protagonistas del lugar, pero no se salvan de las lamentables condiciones en las que se encuentra la mayoría de los animales que aquí se exhiben.

Foto: Juan Carlos Zamora

China es ya la segunda economía del mundo. Por eso, esperaba ver reflejado este crecimiento económico en las instalaciones del zoológico y en el cuidado hacia los animales.

Para ser los consentidos de China, las jaulas de los osos panda causan lastima. Son viejas, sucias, desteñidas y pequeñas. De los cinco osos que pudimos apreciar, uno de ellos parecía tener una enfermedad en la piel.

El panda gigante, animal en peligro de extinción, es un símbolo nacional en China, de donde es originario, al grado de que si una persona mata a uno puede ser condenada a la pena capital.


Foto: Juan Carlos Zamora

El pueblo chino lo adora. Su imagen aparece en una variedad de productos que van desde mochilas, peluches, tazas, lapiceros, diademas, sombrillas y todo tipo de ropa.

No sólo gusta a los niños: en el invierno de Beijing es común ver a los jóvenes protegerse del frío con gorros con la figura de este animal bicolor.

Debido a esta devoción, creo que los responsables del zoológico deberían de poner más atención en los pequeños detalles que al final son los que causan grandes impresiones.

No siempre será fácil distraer la atención de los visitantes con esculturas del oso panda para tomarse la foto y con puestos que venden todo tipo de productos alusivas a su imagen.

Foto: Gabriela Becerra

Desafortunadamente esto no fue lo único desagradable en mi paseo. Más adelante nos topamos con una lamentable escena: dos grandes osos, cada uno en su espacio, sin techo para resguardarse del intenso calor, sin un recipiente con agua y sin un vigilante que impidiera que le arrojaran todo tipo de alimentos.

Foto: Juan Carlos Zamora

Mi lógica me lleva a pensar que este tipo de parques cuenta con expertos en recrear, o al menos simular, el entorno en el que viven los animales, pero en el hábitat que les construyeron a estos osos predominaba el cemento en un 80 por ciento. Sin estanque de agua, sin vegetación, al más puro estilo de las grandes ciudades. Una crueldad.

Uno de los osos, ya acostumbrado a que la gente le dé galletas, salchichas, palomitas o lo que sea que esté comiendo, se sostenía en sus patas traseras para alcanzar con más facilidad la comida chatarra.

Yo no sabía exactamente quiénes eran los animales. Había letreros que prohibían arrojar comida y nadie parecía disgustarse con que se hiciera lo contrario.
Foto: Juan Carlos Zamora

Foto: Juan Carlos Zamora

Escenas como ésta fueron recurrentes. Una chica sopló burbujas de jabón en la cara de un ave. Y en la habitación donde se encontraban los animales nocturnos, un señor golpeó el cristal para que un roedor se despertara, mientras que otro disparaba el flash de su cámara.

Foto: Juan Carlos Zamora

En las jaulas que no estaban protegidas con ventanales pudimos observar mucha basura, sobre todo botellas de plástico.

Es cierto que el zoológico es enorme y se invierte mucho dinero en alimentar a los animales, cuidarlos y atenderlos cuando enferman, además de pagar sueldos al personal que aquí trabaja, pero también lo es que miles de visitantes dejan una buena derrama económica cada semana que bien podría utilizarse para acondicionar mejor los hábitats de las distintas especies y protegerlas adecuadamente de las manos “inquietas” de los paseantes.






domingo, 19 de febrero de 2012

El Templo Zhenjue resiste a los embates históricos y al olvido

Como muchos sitios históricos y religiosos que hay en Beijing, el Templo Zhenjue, mejor conocido como el templo de las cinco pagodas, está escondido entre los edificios habitacionales del distrito de Haidian, como queriendo proteger sus tesoros de la  expansión voraz de la ciudad.

A lo lejos, apenas se alcanzan a ver las puntas de sus pagodas, como si quisieran llamar la atención del que por ahí camina, invitándolo a explorar sus grandes secretos.

El Templo Zhenjue está ubicado al norte del Zoológico de Beijing, en el Distrito Haidian.
Foto: Gabriela Becerra

A diferencia de otros, el Templo Zhenjue recibe pocas visitas de chinos y turistas. Y en él se respira un ambiente de tranquilidad y silencio, interrumpido de vez en cuando por el cantar de las aves.

El Templo Zhenjue posee un estilo budista propio de la India.
A los costados, dos viejos árboles y dos leones lo custodian.
Foto: Gabriela Becerra

Cuando uno cree que en Beijing no queda más por descubrir, o que todo se lo ha tragado el concreto y el asfalto, estos sitios históricos te toman por sorpresa porque su estilo es distinto al de otros que hay en la capital de China.

El templo de las cinco pagodas, construido en 1473, era una réplica del Templo Gaya que está en la India, pero fue saqueado y quemado en dos ocasiones por ejércitos enemigos. Después de su reconstrucción parcial y restauración, las puertas del recinto se abrieron nuevamente al público, aunque no es muy conocido.

A pesar de haber sufrido daños severos, los grabados que hay en sus muros externos se aferraron a permanecer en la historia y todavía se pueden ver con gran detalle.

Deidades budistas con rasgos de la India son parte de los grabados que
se observan en los cuatro muros del Templo Zhenjue.
Foto: Gabriela Becerra
La mayoría de los grabados están ricamente decorados.
Foto: Gabriela Becerra
Deidad con características del budismo de la India.
Foto: Gabriela Becerra

El ave fenix, símbolo de la cultura china junto con el dragón,
también está presente en la decoración del templo.
Foto: Gabriela Becerra